28 de junio de 2011

Silencio. Hablan los necios...

Transparencia frente a Fuenteovejuna (Tribuna de los directores de ELPAÍS en sus 35 años de historia: Cebrián, Estefanía, Ceberio y Moreno)


Durante los últimos días los lectores de EL PAÍS habrán podido comprobar que numerosas informaciones, reportajes y entrevistas han salido publicados en el periódico sin las firmas de sus autores. Ello se debe a la iniciativa de una asamblea de redactores que decidió adoptar dicha actitud como medida de presión durante las negociaciones del convenio colectivo de la empresa editora del periódico. Queremos expresar claramente, al margen del desarrollo de dichas negociaciones, que a nuestro juicio dicha postura va contra las normas del ejercicio profesional, al involucrar el contenido del periódico en un contencioso laboral.

Desde el inicio de EL PAÍS se mantuvieron nítidamente separados el ámbito profesional del laboral, y por ello los representantes de los periodistas se agrupan en dos organismos distintos, el comité profesional y el comité de empresa, para, respectivamente, debatir asuntos relativos al ejercicio de la profesión, y negociar los temas estrictamente laborales con la dirección del periódico. Naturalmente, cualquier periodista tiene derecho a no firmar lo que no quiera, y así se respeta en el Estatuto de la Redacción de EL PAÍS, pero este es un derecho relacionado con la cláusula de conciencia, y por tanto, individual, y de ninguna manera colectivo. Los contenidos del periódico, el derecho de veto sobre los originales, el diseño del producto, las normas a aplicar y la línea editorial son responsabilidad exclusiva del director del mismo, según el Estatuto de la Redacción. Este regula los derechos y deberes profesionales de los periodistas, la dirección y la propiedad del medio, y fue aprobado en junta general de accionistas. De ningún modo puede alterarse su contenido de modo unilateral sin modificar las bases de este pacto que regula el equilibrio de las tres partes.

Nos parece una grave falta de respeto a los lectores manipular la presentación de trabajos que por su estilo y su propia naturaleza encierran valoraciones, opiniones, comentarios y análisis de quien los hace y, sin embargo, no los firma.

Ni el periódico comparte necesariamente esos puntos de vista ahora anónimos (que aparecen bajo la referencia de EL PAÍS, sin que lo sean), ni el lector puede hacerse una cabal idea respecto al significado de los mismos, habida cuenta que desconoce su autoría. La transparencia es una exigencia indeclinable de un periodismo digno, responsable y de calidad, que no puede refugiarse tras la protesta opaca del Fuenteovejuna de turno. Cada discusión, a su ámbito: ocultar la autoría de una crónica, una entrevista o reportaje, en virtud de una decisión colectiva que nada tiene que ver con el contenido de dichos trabajos, atenta contra la deontología y el buen hacer profesional, y daña la relación normal con los lectores.

Desde la fundación de EL PAÍS nos hemos esforzado por hacer valer unos principios cuya quiebra nos parece de una gravedad sin precedentes, y una marcha atrás en la forma de hacer de la Redacción. Quienes hemos dirigido EL PAÍS durante sus 35 años de existencia pedimos disculpas a nuestros lectores por lo que constituye una falta de consideración a sus derechos. Por lo mismo, creemos que hay que tomar las medidas necesarias para recuperar el crédito perdido y que nadie siga afectando a la calidad de EL PAÍS y a su relación con sus lectores de modo tan irresponsable. Resuélvanse los problemas laborales en el terreno laboral y los profesionales en el suyo propio, sin tomar de rehenes a los lectores, que son en última instancia aquellos para los que todos debemos trabajar.

16 de junio de 2011

Una decisión en un monólogo improvisado

Un día cargado este recién abandonado 15 de junio. Muchos frentes abiertos… y una decisión. Arranca la jornada con la vista puesta en Barcelona. Los ‘indignados’, que pierden las razones con el paso de los minutos, increpan y agreden a diputados a las puertas del Parlamento catalán. El presidente Mas debe echar mano de un helicóptero para poder esquivar la violenta concentración. Pero aquí no pasa nada. Hoy, ya se ha superado la delgada línea roja. Aunque, creo, que nosotros fuimos testigos de excepción de cómo se puede enterrar una buena causa en apenas unos minutos. Los continuados insultos, a sólo unos centímetros de convertirse en agresiones físicas, que se profirieron el pasado sábado a diversos representantes políticos a las puertas del Ayuntamiento de Alicante no oxigenan una democracia puesta en solfa. Todo lo contrario. Ahora, derribado el primer muro, veremos qué será lo siguiente.

Y se cierra (la jornada) con la proeza del Elche en Los Cármenes de Granada. El conjunto de Bordalás, ese técnico que ahora reniega de herculanismo (!), acaricia el sueño del ascenso a Primera tras firmar un empate sin goles ante un rival superior, que mereció más durante los noventa minutos, pero que anduvo esquivo en la suerte de la espada. Dos balones estrellados en los palos, un gol anulado por obra y gracia de Pino Zamorano, diversas ocasiones de evidente peligro y dos penaltis fallados (por un Abel disfrazado de Caín) en el tiempo de prolongación resumen el penúltimo encuentro de la temporada en Segunda. Podría decir que me alegro. Pero también podría decir otras muchas cosas… y no se da el caso.

Y entre medias, entre indignados e indignación (por ver sufrir a mis amigos granadinos, que conste en acta), una de las decisiones más complicadas de mi todavía, espero, corta trayectoria profesional... Bueno, y de mi vida. Tras pensar, repensar, rumiar, meditar, reflexionar, recapacitar, sopesar… te aventuras en dar un paso al frente y te planteas cambiar el rumbo de navegación. Pones parte del botín sobre la mesa, pese a que la mano tampoco invita al optimismo.

Recordaba estos días aquellas Hogueras de 2007, cuando sonó mi teléfono móvil. Al otro lado, una voz femenina me citaba el 2 de julio en la avenida Doctor Rico, 17. Sin pensarlo, respondí con una negativa. Reconozco que me dio vértigo, no me sentía preparada para cumplir, tan pronto, mi sueño. ¿Qué vendría después? En realidad, no quería dar un paso en falso y dinamitar una vieja ilusión. Sin embargo, esa misma voz femenina me pidió que recapacitara, que me tomara unos días para dar la respuesta definitiva. Así lo hice. No olvido tampoco aquel 31 de agosto, cuando todo parecía llegar a su fin.

Y así pasó un verano, un curso… y otro. Y el sueño, mi sueño, ya era parte de la rutina. Parte esencial de la vida. No por ello, dejas de valorar el privilegio de compartir redacción con esas firmas que coleccionabas años atrás. Casi una enseñanza por minuto, un privilegio al alcance de unos pocos afortunados.

Pero un día, sin saber por qué, ya no encuentras respuestas a las preguntas que, periódicamente, te repites. Ésas que te permiten seguir vivo. Desde ese día, un capricho del calendario, dejas de encontrar excusas ante los agravios comparativos. Ya no sabes por qué debes corregir páginas a compañeros de tu mismo rango, ni por qué la norma manda duplicar, triplicar o… la dedicación diaria, tampoco entiendes que los periodos vacacionales te toquen de manera y forma tangencial… Ni mucho menos que la capacidad organizativa se corresponda con la situación contractual. Echas cuentas… y los números rojos campean a sus anchas. Dejas de oír a los que, pese a lo que dice la edad, están de vuelta... y pasas a escucharles, a prestar excesiva atención a sus lamentos. Mal hecho, tal vez. Y por la noche, reflexiones nocturnas de las vivencias diurnas. Luego, por fortuna, suena el despertador y toca regresar a la redacción... A ver, mirar y observar. Oír y escuchar. Aprender y seguir aprendiendo. Con una sonrisa, fomentando el buen ambiente. Como siempre. Pero, demasiado rápido, llega la noche. Y vuelves a pensar, a plantearte el futuro. Recuerdas tu escasa presencia en la Seguridad Social, un organismo en el que debo figurar en el apartado de desechos sociales. Cuatro años de trabajo y apenas trescientos días cotizados. Los ‘ninis’ me superan, fijo. Te olvidas de la futura jubilación y recuerdas que Hacienda te obliga a contribuir a la caja común por percibir retribuciones de dos pagadores distintos… pese a no llegar, ni de lejos, al límite de ganancias mínimas. No entras en discusión, no merece la pena. Pagas y callas. Te desprendes de una nómina… y esperas que vaya a buen recaudo. Pero, al mismo tiempo, evocas la imagen de Ripoll y recuerdas la deuda que cada año contrae con él la Agencia Tributaria. Te quedas más tranquila. Y más ahora tras su caída de la Diputación. Que todo sea por una buena causa.

Sientes lástima. Y piensas que te quejas por vicio, sin razones de peso. Y, en esas, compruebas que el curso ya está acabando, que apenas quedan unos meses para poner punto final al Máster en Comunicación Política y Electoral que me ocupa desde octubre. ¿Y ahora, qué?, te preguntas. Y te pones a buscar alternativas para el curso que entra. Al final, por consenso (al que es fácil llegar cuando te faltan consejos), acabas en otro postgrado. Pero no siempre las fechas cuadran. Y toca elegir.

Valoras pros y contras. Y vuelves a pensar, repensar, rumiar, meditar, reflexionar, recapacitar, sopesar… Al final, concluyes que, si desde septiembre de 2008 el panorama apenas ha cambiado, tampoco debe hacerlo ahora. ¿Razonamiento erróneo? A buen seguro. Y entonces llegan las rampas más difíciles del puerto, cuando la carretera más ‘pica’ hacia arriba. ¿A quién le transmito, en primer lugar, el proyecto de decisión? ¿Y si me la callo y ya la haré pública cuando tenga todo atado y bien atado…? No lo ves justo. Y das el paso. ¿Teléfono, mail o en persona? Correo, que la palabra escrita siempre se puede rectificar. Pides cita. De inmediato, te la dan. Te arrepientes. Cosas de cobardes.

Te escribes un monólogo en la mente, con su introducción, desarrollo y conclusiones. En él, te subrayas las ideas fundamentales, unos principios básicos que vuelan nada más tomar asiento. Respiras, intentas bajar pulsaciones… Quieres empezar a explicar tus razones, esas que tantas horas te han ocupado, y no aciertas ni a recordar cómo arrancaba el texto. Intentas no parecer prepotente, porque crees no serlo. Buscas palabras de agradecimiento por la oportunidad, y sólo encuentras reproches. Te los callas, pero seguro que la mirada no los esconde. Tras mucho esfuerzo, mientras buscas la postura más cómoda en un sofá que siempre te pareció acogedor, hilas un discurso vacío, escaso de argumentos y repleto de incorrecciones. Te maldices. Sientes impotencia. ¿Por qué no consigo repetir algunas de las frases con las que ayer aburrí a la almohada? Te gustaría pedir un “time out” para reestructurar el discurso, pero los segundos se consumen sin remedio. Te sabes en un ambiente favorable. Ni imaginas esa situación en una atmósfera hostil. Tienes enfrente a la persona, por irónica que parezca la vida, que más palmaditas te ha dado en los últimos cuatro años. Por ello, tal vez, te sientes especialmente desagradecida, sucia de espíritu… Pero ya no hay marcha atrás. Agradeces, a trompicones, la confianza... a la vez que renuncias a la mitad de tu vinculación con la empresa. Si nada falla, seguirá en fin de semana... pero no es lo mismo, ni punto de comparación. Renuncias a lo mejor, aunque la Seguridad Social discrepe en la apreciación. Renuncias a compartir mesa, página, diálogo o un gesto de complicidad con referentes del periodismo en Alicante. Renuncias a estar presente, aunque en la distancia y con el único contacto de una mirada furtiva, en la manufacturación de la realidad mediática, en la discusión de los temas de calado, su trascendencia, enfoque y recorrido. Renuncias a escuchar cómo debaten los que saben o, simplemente, cómo se impone una opinión. Renuncias a aprender. Te crees lo peor, y no andas muy desencaminada. El máster investigador y el futuro doctorado se pierden entre la bruma. Como diría Einstein, pides lógica a la vida, olvidando que la vida es un sueño y que los sueños no tienen lógica.

Y vuelves al despacho. Piensas en lo que puede estar pensando tu interlocutor… y no extraes nada positivo. Descartas haber sido mentalista en otra vida. Intentas cerrar el encuentro por la vía rápida, encuentras predisposición en ello. Buscar sellar con un lacónico y sincero ‘gracias’ la conversación más desleal de las que recuerdas haber protagonizado. Y no lo consigues. De nuevo, sientes una nueva palmadita en la espalda. Ahora, por Castedo. La agradeces... Pero, esta vez, no basta para dibujar una sonrisa en el rostro.

Sales por la puerta mientras cuestionas el futuro de la alcaldesa. Un asunto que tanto te ocupa y preocupa se convierte, de repente, en una cuestión irrelevante. Preguntas por inercia. Escuchas por admiración. Vuelves a la sección, intentas recuperar el ritmo, las risas, pero ya nada es lo mismo. Transcurre el día envuelto en un halo de temor a lo desconocido. ¿Cómo se sobrellevaría un intercambio de categoría entre Hércules y Elche? ¿Cómo será, si se confirma, pisar la redacción sólo los fines de semana? ¿Y si al final no me aceptan en el máster? Tanto, para nada. Llegas a casa y, de nuevo, piensas en esa decisión. En la más difícil, hasta la fecha. Y, sin quererlo, recuerdas el monólogo, palabra por palabra. Sientes haber perdido una oportunidad. Valoras la idoneidad de poner negro sobre blanco esta jornada. Te contradices. Das esquinazo al pensamiento... y actúas. Cierras los ojos, se humedecen. Los sentimientos, que no saben de discursos programados, encuentran su refugio en la noche.

11 de junio de 2011

El debate de la honestidad



Recuerdo una frase suya. Se remonta a enero de 2010, en plena conversación en Alcaldía. Repasaba su historial judicial y aseguró, sin vacilaciones: “Aspiro a cambiar el concepto que se tiene de los políticos. Y a mí me han intentado manchar con acusaciones, he estado tres veces en los juzgados, y lo han archivado todo. Pienso seguir peleando para demostrar que hay políticos honestos”. Parecía convencida, firme en sus palabras. A mí me convenció, lo reconozco. Pero ese discurso ahora pende de un hilo. Puede que, de nuevo, la causa se archive y su expediente siga impoluto. Puede que Castedo vuelva a hacer el gesto de la victoria, el mismo que sacó a pasear la noche del pasado 22 de mayo. Existen muchos posibles y una realidad: el juicio mediático ya lo ha perdido. Eso no significa que, de aquí a cuatro años, vuelva a arrasar en las urnas. Ya sabemos que en las democracias latinas la puesta en duda de la honestidad, honradez, ética… no interfiere a la hora de depositar el voto. Menos en un sistema electoral que aboga por las listas cerradas.

Decía que el discurso que defendía Castedo, enarbolando la bandera de la honestidad, pende de un hilo. La intercepción de las conversaciones telefónicas en relación con el Caso Brugal, además de regar el arte del cotilleo, deja muchas víctimas en el arcén. Ese compadreo con Ortiz imprime una huella en el currículum difícil de borrar. Esas vacaciones, con invitación de por medio o pagadas a pachas, exhiben el carácter del ya implantado prototipo de político. Todo les da igual. “Todo se la suda”, en lenguaje de Alperi. Una mera lectura superficial del sumario vale para comprobar cómo el poder y las formas no suelen ir de la mano. Más bien lo contrario: no hay formas cuando en el fondo reposa la vara de mando. Recoge el informe policial la reticencia inicial de Castedo de embarcarse en el yate de Ortiz. Duró poco, como ya aventuraba el empresario. Los días en las Islas Baleares y los domingos en familia en alta mar dan fe de la involución del ser humano.


No entraré a juzgar delitos. Ni sé ni me corresponde. Pero sí busco valorar apariencias, por eso de que el político no sólo debe ser honesto sino también parecerlo. Y esas apariencias más que traslúcidas, tiran a opacas. Y lo siento, porque, siempre desde una mirada crítica, llegué a dar credibilidad a la sustancia de ese discurso. Lamento, de verdad, que tantas horas de trabajo al frente del Consistorio se dilapiden, en lo mediático, por unas jornadas de asueto y un intercambio de cariños telefónicos (bombón, mimosona...). Pero, como dirían los veteranos, “todo grano hace montaña”. Por honestidad, una alcaldesa no puede disfrutar de sus vacaciones junto al promotor más mediático de obra pública de la ciudad y el principal propietario de suelo en Alicante. No puede. Y ella lo sabe. Tampoco el presidente de la Autoridad Portuaria debe pedir (?) favores. No lo necesita, la nómina le permite, seguro, costearse sus caprichos. Si quiere invitar a una amiga (?) a la isla de Tabarca, que tire de billetera y alquile un barquito durante unas horas. Disfrutaría igual de las vistas, de todas, y evitaría verse involucrado en procesos judiciales. Un caso más de los muchos que estos días ocupan el debate ciudadano... y se convierten en caldo de cultivo de la creciente indignación.

En esto de las apariencias, por supuesto, Castedo no es la única que sale manchada tras las horas y horas de conversaciones intervenidas. Pocos escapan, ya sean el ámbito público o privado. Eso sí, junto a Alperi en su época, la alcaldesa es de las pocas personas que dispone del privilegio de gestionar el dinero de la caja común. Sólo por eso, y por la bandera de la honradez que tan bien hilaba su discurso, debería sacar ese arrojo que tanto le caracteriza, esa fuerza para enfrentarse a todos y reconocer sus errores. Puede que el Código Penal no los recoja, pero sí figuran en el primer capítulo del Código Ético. Perdería un sueldo público, el manejo de los hilos del poder en la ciudad… pero ganaría una página en la historia. Ya le valdría de poco, por ejemplo, recuperar la confianza del ciudadano más crítico... Pero seguro que le permitiría salir a la calle con la cabeza más erguida. Luego, la Justicia se encargaría de determinar su inocencia o culpabilidad. Aunque, en el debate mediático, ya habría firmado un golpe de efecto. Daría ejemplo, tarde, pero ejemplo, de honestidad.

23 de mayo de 2011

Entusiasmo y cansancio, pero no a partes iguales

Agotadora. La jornada electoral arrancó pronto, aunque con prudencia. La noche del sábado se hizo larga, y no por la apática despedida del Hércules de Primera División. El final de la Liga nos mantuvo hasta bien entrada la una de la madrugada en la redacción. Así que la cita de las 11 horas de este domingo, en el colegio El Faro de la Playa de San Juan, se presumía tempranera. Allí, la alcaldable popular ejerció el derecho al voto al introducir en las urnas sus preferencias al Ayuntamiento y las Cortes. Ambas listas, en Alicante, encabezadas por Castedo. De ahí, al Complejo Vistahermosa, donde el “número dos” de la lista, José Joaquín Ripoll, participaba en la, hasta hora, conocida como “fiesta de la Democracia”. Menos expectación, pero similar puntualidad.

No obstante, lo interesante se reservó para la tarde. El desenfreno, por su parte, tuvo sabor nocturno. Tras dos horas de merodeos por el periódico, tocó desplazarse hasta la sede electoral local del PP en Alicante. Llamada al taxi y camino a la Avenida de la Constitución. Poca gente se dejó ver en la zona hasta que los colegios electorales echaron la persiana. A partir de ahí, la expectación fue creciendo. Las sonrisas dejaron paso a los nervios. Los guiños, a las respiraciones aceleradas. Y los rezos, internos, a las lágrimas de emoción contenida.

Los medios nos concentramos en una pequeña sala. Allí, una televisión de plasma nos mostraba el sondeo electoral de RTVV. Una predicción, poco ambiciosa, pero que se presumió muy certera. La encuesta a pie de urna otorgaba al PP entre 16 y 18 concejales. Un intervalo que daba cabida a todos los populares, desde los más ambiciosos hasta los más moderados. Se hablaba de alcanzar la barrera psicológica de los 17 ediles, por eso de asegurar la tranquilidad de la gestión del equipo de gobierno durante los próximos cuatro años. Ahí nadie se fiaba de Ripoll, no hacía falta mentarlo para que estuviera presente. A él no se le vio, tampoco se le esperaba. El “número dos” y aspirante a revalidar la Presidencia de la Diputación siguió el recuento electoral desde la sede provincial del PP. Una maniobra, con su lógica, que le permitió rodearse de los suyos. En la local, donde revoloteaban los Llorens, Seva y García-Romeu, también se dejaron ver los proscritos, con Sobrino y Kiko Sánchez, al frente.

Pasaban los minutos y la pantalla de datos oficiales seguía virgen. Nada para echarse a la boca. Nada que consiguiera mitigar el nerviosismo. Nosotros, los medios, ávidos de algún dato revelador. Ajena, en forma a la situación, Castedo se dejó caer antes de lo previsto. Se le veía sonriente, como si no fuera a protagonizar una gesta con tintes memorables. Desde nuestro rincón, todo se veía con cierta distancia. Gestos de uno, cuchicheos de otro, suspicacias de varios. Y la página del Ministerio… sin volcar ningún dato. Poco a poco, a cuentagotas, empezaron a confirmarse las sospechas. Las urnas iban a deparar un resultado histórico... aunque los menos preveían unas cifras tan rotundas, ajenas a cualquier debate.

Las carreras se sucedían. Los gritos ganaban en decibelios. Pero nadie quería dar nada por seguro. Bueno, en tono bajo y a modo de confidencia, la ambición aumentaba con el paso de los minutos. En apenas unos giros, de reconfirmar la mayoría absoluta se pasó a apostar por los 18 concejales. Un envite valiente.

La ausencia de la presión de las conexiones en directo permitía observar el patio con mayor atención. Con menor o mayor descaro, podías extraer su parte de jugo a cada instante. Ya habría tiempo, rebasada la medianoche, de dar la bienvenida a las prisas. Castedo se dirigió a la zona de prensa cuando el escrutinio ya rebasaba el 95 por ciento. La grabadora funcionaba, pero sin esperanzas de contar con margen para transcribir sus primeras palabras de la noche, que se alargaron más allá del cuarto de hora.

El tiempo no daba un respiro y los minutos caían a una velocidad inusitada. Si a primera hora de la tarde, el reloj se estancó; con el recuento a punto de tocar a su fin, el tiempo pareció tener prisa.

Sin saber cómo, se rebasó la medianoche. En ese instante, con Castedo llegando al Meliá, me vinieron a la cabeza las últimas palabras que me repitió el subdirector antes de tomar dirección a la sede popular: “A las once te quiero aquí. Hay que cerrar a las dos”. Como era de presumir, los plazos no se cumplieron.

La tranquilidad de toda la jornada comenzó a tornarse en cierta angustia. No mucha, la justa. Una ventaja de los serenos. Y eso que hubo intentos. El último, una llamada cuando el reloj ya jugaba con la una de la madrugada. “A las dos hay que cerrar… y todavía no has llegado”. Gracias por avisar, pensé. Tras la aparición triunfante de Castedo, llegó su discurso de agradecimiento. Poco dijo que no fuera repetido, pero había que esperar para, una vez cerrado el micrófono, poder arrancarle algunas palabras a Ripoll. No tenía el gesto de una victoria histórica. Pero no le faltó amabilidad. De hecho, accedió a abandonar el salón Europa para atender a los medios en los pasillos. Lo hizo a toda prisa. Mientras él hablaba, retumbaba en al megafonía el “I will survive”. Se hacen llamar caprichos del destino.

Conocida la valoración de Ripoll, que tampoco dio para optar a un Pulitzer, tocaba el camino de regreso a la redacción. Repaso a las notas y arranque mental del texto a bordo del taxi. Sin tráfico, el trayecto parecía no acabarse. Ya frente al ordenador, ni dos minutos seguidos mirando la pantalla. Que si la foto de la crónica, que si el texto de EU, que si la valoración de UPyD… Difícil concentrarse, aunque tampoco era el momento. Ya habrá otros días en el calendario…

A modo de supervivencia, tocaba elegir entre la forma y el fondo. En veinte minutos, imposible recurrir a una retórica elaborada. La hora de cierre se aproximaba a ritmo acelerado: escritura rápida, sin adornos y apenas licencias. No había hambre, pese a llevar casi doce horas sin probar bocado. Tampoco sed. El cansancio, eso sí, hacía mella. El dolor lumbar, se convertía por momentos en insoportable. Pero tampoco había margen para cuestiones superfluas.

Entregada la página, tocaba el momento de empezar a saborear la jornada electoral. Aunque el primer regusto, aún sobre la silla giratoria, llegaba enfundado en cierta impotencia. Forma parte del juego, pero no acabo de convivir con las prisas. El reloj manda, mientras tú te exiges reflexión. Como mucho, encuentras un recoveco para pensar.

Me pongo al volante del coche y dudó entre celebración personal o grupal. Tras recorrer parte del trayecto, me decanto por la opción más íntima. “Desquedo”. Me apetece seguir disfrutando del placer de mis primeras elecciones municipales en la redacción. Una oportunidad inesperada, que siempre imaginé como una experiencia fascinante. Hoy, lo he corroborado. No sé dónde pararé dentro de cuatro años, pero dudo que logre mejorar lo paladeado este 22-M. El reloj, presente desde la mañana, marca ya las cinco de la madrugada. Hora de retirada.

Mañana, lunes posteletoral habrá tiempo para valorar los resultados, confirmar el concejal de UPyD (apenas 70 votos le permiten traspasar la barrera) y explicar la debacle socialista. Hoy, domingo electoral, marcho a la cama con una sonrisa permanente. Dista del júbilo exhibido en el Melía. Pero rivaliza en entusiasmo. Sin duda.

10 de mayo de 2011

Un robot (poco) humanizado

Vivo la campaña electoral de Alicante desde fuera, que no desde lejos. Ajena, pero no distante. La nula implicación profesional me debería permitir escoger los actos a los que acudo, los debates que veo y los artículos que leo. Eso marca la teoría. La práctica, sin embargo, me obliga a ir, ver y leer todo lo que puedo… y un poquito más. Al margen de la curiosidad personal y el interés periodístico, el Máster en Comunicación Política y Electoral que me ocupa (y en fases, preocupa) provoca un magnetismo forzoso entre mi día a día y la actualidad electoral. Y, a partir de ahí, dos hechos dignos de significar. Necesario recordarlos con un objetivo primordial: evitar su repetición. La corrección política, de hecho, habría apostado por dejarlos correr y permitir que se diluyeran poco a poco. Dejando actuar a este tiempo de doble velocidad.

El primero, por tratamiento, tiene como protagonista al presidente Camps. Después de dos años de silencio autoimpuesto, el Molt Honorable concedió su primera entrevista a un periódico. El elegido, y no fruto del azar, Las Provincias. El diario, férreo defensor de la causa, dejó en manos de un bufón el encuentro… Y así salió. Nadie dudaba de que iba a ser un cara a cara amable, sin más vueltas de las estrictamente necesarias ni cuestiones eludibles sobre la mesa. Una vez leído el texto, y releído, resulta complicado determinar cuáles fueron los asuntos que se le plantearon al presidente. De hecho, el entrevistado, que se queda en un discreto segundo (tercer…) plano, cede, por obligación y puede que a buen grado, todo el protagonismo al entrevistador, quien emplea sus batallas personales a modo de entretenimiento ante una entrevista sin apenas titulares. Una broma sin gracia. Un insulto a la inteligencia de los ciudadanos y a los periodistas... ¿O cómo se puede interpretar cuando, el tal Palomar, asegura que para repreguntar a Camps por el Gürtel debería ser un navy seal?

Huelga decir qué buscaba Camps cediendo ese privilegio al diario de Vocento. Menos evidente parece el propósito de la cabecera. Si quería trascendencia, la tuvo. Pero que la hilaridad marque las opiniones más respetuosas… es, cuanto menos, para hacérselo mirar.

También se lo debe hacer mirar Elena Martín. Más, después del debate entre las dos principales aspirantes a la Alcaldía de Alicante. Con todos los respetos que se merece una alcaldable socialista, el espectáculo que protagonizó, ella sí que no cedió ni un ápice a su oponente, no pudo dejar indiferente a ningún telespectador. Imposible... ya fueran pocos o muchos los que se dieran cita al borde de la medianoche camino del martes frente al televisor, Su actitud ante las cámaras, de temerosa en adelante, se podría disculpar si obviáramos las fechas en las que nos movemos. El lunes, momento del “cara a cara”, restaban trece días para la jornada electoral. Una cuenta atrás en la que no caben vacilaciones. Su inexperiencia ya no sirve como pretexto, si es que algún día... La teoría de la comunicación no verbal se la estudió, pero se advirtió que la tenía cogida con pinzas, sin interiorizar... En la silla, recta (¡pero no tanto!); la mano izquierda arriba cuando..., un gesto de desaprobación mientras..., y una perfecta conjunción de los dedos... Se había leído los apuntes, pero se asemejó a ese examen sorpresa, que se adelanta a las fechas previstas y que te coge con el pie cambiado, con la idea como ya familiar pero sin acabar de asimilar... Pues algo así, pero con un toque de surrealismo y las elecciones tocando la puerta del votante. Un despropósito.

Las encuestas, visto lo visto, no deben de ser el principal temor de los socialistas en Alicante. Cada día, se confirmó ayer, puede ser peor que el anterior. Sobre todo, si media un debate televisivo. ¡Quién se lo iba a decir a ellos.... tan reivindicativos en esto de los encuentros tú a tú! Y aquí, al contrario de los que sucede en la vecina (que no hermana) Elche, la marca roja con las siglas PSOE no parece un problema capital, como mucho, un grano de arena en pleno Postiguet.

El debate, todo sea dicho, fue una burda mentira. No hubo confrontación ni tan siquiera un cruce de miradas. Era imposible. Elena Martín apenas las buscó. Castedo, si se descuida, no tuvo ni que rehuirlas. De hecho, esa misma tarde y con el proyecto del Máster en mente, acudí al mitin de campaña que ofreció la candidata popular en la Plaza de la Montañeta (Muntanyeta, o como se haga llamar). Castedo, frente a un atril y ante sus fieles seguidores, se limitó a transmitir el mismo mensaje que se vio, a posteriori, en el supuesto debate del ente autonómico. Apenas hubo diferencias entre la arenga a los suyos y lo que debió ser un choque dialéctico entre la futura alcaldesa de Alicante y la también futura líder de la oposición (el reparto de papeles, oficialmente la noche del 22). En el mitin se vio, salvo algún matiz, a la misma Castedo de los últimos años. No caben adjetivos nuevos. En el debate sí hubo un ser extraño. Dicen que era Elena Martín. Yo me resisto a creerlo. Necesito que alguien me convenza de lo contrario… Mientras, seguiré pensando que era un robot humanizado (y tampoco mucho).

3 de mayo de 2011

La dignidad de los medios, en juego

¿Qué hay de nuevo, amigos? Por aquí, como podéis comprobar, pocas novedades. Hoy, Día de la Libertad de Prensa, regreso a este oasis con una mezcla de sensaciones: incredulidad trufada de esperanza. Parece que algo se mueve en el Periodismo. Parece, digo, porque en este oficio, ahora, resulta difícil creerse hasta lo que se uno ve con su propia mirada, sin necesidad de enfoques ajenos. Y, como es norma en los últimos tiempos, el movimiento ha dado sus primeros pasos en Twitter. En esta época, marcada por la inmediatez y donde la reflexión está penada, si una iniciativa no se impregna con los aires de las redes sociales… está avocada al fracaso. De ahí, el halo de esperanza.

Pero la ilusión, por supuesto, se debe sustentar en una base sólida. En unos cimientos consolidados… Y ahí nos topamos con el primer obstáculo. Hablo del proyecto #sinpreguntasnocobertura, que persigue que los medios de comunicación no cubran las ruedas de prensa de dirigentes políticos en las que no se admitan preguntas. Parece, repito, una postura sensata, legítima, razonada, cargada de sentido común... Y lo es. Pero, llegados a este punto, entran en acción los intereses de los medios… Y, de la mano, llega la sensación de inminente fracaso.

Hace algún tiempo, ya se puso en marcha la maquinaria para acabar con las ruedas de prensa sin preguntas. Se requirió el apoyo de los directores de los principales medios. Y nunca más se supo… Aunque tampoco hubiera extrañado a nadie, ni al más ingenuo entre los inocentes, que firmasen la propuesta con una mano, mientras que con la otra levantasen el teléfono para ordenar a sus subordinados que acudiesen a la inauguración de no se qué obra a medio terminar donde no se qué político acudía para hacerse la foto… y mantener la boca cerrada.

Con estos precedentes y con el escaso corporativismo que caracteriza a este oficio, resulta arriesgado apostar por el triunfo de #sinpreguntasnocobertura. Ojalá me equivoque. Ojalá. Sería un avance de la profesión, de las libertades y, por extensión, del ser humano. Porque, al fin y al cabo, los políticos no contestan a las preguntas de los periodistas, sino que responden a las dudas de los ciudadanos. Aunque, en la actual tesitura, resulte complicado de creer.

La iniciativa, aún en pañales, ha brotado con ímpetu… pero derrocha bisoñez. Con apenas unos días de vida, ya se escuchan voces discrepantes. Unos apuestan por no acudir a las ruedas de prensa en las que no se admitan preguntas. Rotundos. Otros, aparcando la esencia de la iniciativa, aseguran que dar invisibilidad a una comparecencia pública de cierto personaje, siempre alérgico a las interrogaciones, sería ocultar información a los ciudadanos. Mal empezamos.

Elija el futuro un camino u otro, el éxito de #sinpreguntasnocobertura sólo está en manos de los periodistas. En concreto, de los responsables de los medios. Querer es poder. Y dignificar la profesión, una obligación. Ya está bien de que los actos propagandísticos (eh, señor Camps!) sean tratados como información al servicio del ciudadano. Ya vale de inauguraciones sin atención a los medios, de ruedas de prensa sin preguntas y de comunicados instituciones con periodistas como invitados de piedra. Y no parece necesaria una cumbre de directores, basta con un pequeño paso (al estilo Neil Armstrong). Alguien debe ser el primero; el resto, si de verdad cree en el saneamiento de la profesión, lo secundará. Además, se cuenta con una ayuda extra: en la actual coyuntura, a menos de tres semanas de las elecciones municipales y autonómicas, los políticos no permitirán su invisibilidad. Y ya es algo... Como dijo el profesor Antón Losada en el arranque de la revolución: “Aceptamos que no debatan, tragamos que no respondan preguntas, publicitamos... Y luego nos quejamos de los políticos”. Somos peores. Muchos peores. Vendemos dignidad y no somos honrados ni con nuestra profesión. Demasiada deontología en la facultad… para exhibir tan escasa ética a pie de calle. Tenemos una oportunidad. Seguro que histórica y puede que única. No la desaprovechemos.


PD (con perdón): Regreso a este oasis, como decía al arranque del post, un mes después de mi última aparición. La ausencia no ha sido premeditada, aunque tampoco casual. En situaciones como la actual, las palabras tan sólo empeoraban la calma del silencio. Entre tanto grito y reproche, entre tanto problema sin aparente solución, la mejor terapia suele llegar con la noche, cuando la ciudad duerme y las mentes insomnes salen en busca de una libertad efímera. Ahí se respira un aire menos cargado de partículas contaminantes. De hecho, en multitud de ocasiones, he cogido papel y pluma (valga el ejemplo) y he manchado el folio con los pensamientos que circulaban, atropellándose, por mi cabeza. Luego, puesto el punto final a la reflexión, arrugaba el folio y lo encestaba en la papelera. Una y otra vez. Sin fallo, pero sin respuesta. Hasta hoy. El horizonte sigue inmóvil, pero este cobijo se merece una inyección de vida. No, no quiero verlo marchitar, tampoco ser testigo de una larga agonía, como me han repetido sus fieles lectores en las últimas fechas. El papel hecho bola, esta vez, tras rebotar varias veces en el filo de la circunferencia, ha besado el suelo. No ha habido timbre metálico. Un guiño para despertar. Una señal... un año después.