11 de julio de 2008

«Guantánamo no es una prisión, es un campo de torturas»

Interesante, de nuevo, contraportada de La Vanguardia. En esta ocasión, el protagonista es un joven (26 años), alemán de origen turco, que ha pasado cinco años de su vida en Guantánamo sin, asegura él, ningún motivo. Sea cierto o no (por qué no lo va a ser...), cuenta experiencias vividas con los soldados americanos dignas de leer.

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Hijo de emigrantes turcos, Murat Kurnaz nació y se crió en Alemania. Poco después del 11-S fue a estudiar un par de meses a una escuela coránica a Pakistán, donde fue detenido y vendido como terrorista a los norteamericanos. Entre febrero del 2002 y agosto del 2006 estuvo preso en Guantánamo y fue puesto en libertad sin cargos. La absurda frase «¿dónde está Osama?» entre paliza y paliza aún retumba en su cabeza.

Los países democráticos y más avanzados tienen lugares donde se tortura a la gente hasta matarla. Usted fue testigo.

Algo más que testigo. Tenía 19 años, había pasado dos meses estudiando en una escuela del Corán en Pakistán y volvía a casa, a Bremen (Alemania). Estaba contento. El autobús que me llevaba al aeropuerto se detuvo y un policía pakistaní me hizo bajar. Así empezó mi estancia en el infierno, que duró cinco años. Fui vendido a los americanos por 3.000 dólares. Los americanos no sabían quién era yo, y pocos meses después de capturarme, cuando ya estaba en Guantánamo, se dieron cuenta de que era inocente.

Perdone la pregunta, ¿pero por qué se fue a Pakistán y se dejó barba tras el 11-S?

En Bremen yo trabajé como portero de discoteca y vi cómo la droga destrozaba a muchos amigos míos, me sentía muy impotente. En Pakistán hay una escuela del Corán muy famosa que se dedica a ayudar a la gente sin recursos y a jóvenes con problemas de droga. Quise ir a conocerla, a formarme con ellos, y allí me dejé la barba como todos sus miembros.

¿Adónde le llevaron al detenerle?

A una cárcel secreta norteamericana en Kandahar, donde pasé tres meses de continuas torturas, palizas, electrochoques, ahogo en cubos de agua, y me colgaban de un gancho por las muñecas. Un médico lo supervisaba todo, te llevaban al límite de la muerte; aun así, he visto morir a muchos.

Los americanos dijeron que le capturaron en zona de guerra en Afganistán.

Sí, eso dijeron. Querían demostrar que yo era culpable, querían que firmara una confesión escrita por ellos conforme pertenecía a Al Qaeda. Aprendí dos cosas: que es muy fácil engañar a la gente manipulando las apariencias, y que gente cuyo aspecto es muy normal, gente de la que te fiarías, puede cometer los actos más atroces.

¿Le torturaban jóvenes soldados americanos?

Sí, algunos tenían 18 años y también había mujeres. «¡Somos americanos! Sois terroristas, ¡lo vais a pagar!», no paraban de gritar, y se liaban a patadas seis o siete contra alguno de nosotros hasta matarlo. Tres meses después le enviaron a Guantánamo. Vivíamos en pequeñas jaulas, teníamos que estar sentados y, cuando oscurecía, tumbados boca arriba; si hablábamos entre nosotros nos pegaban; nos torturaban a diario y de forma arbitraria. En total, yo debí de pasar un año en aislamiento, en un agujero en absoluta oscuridad y con un frío espantoso. En una ocasión me tuvieron tres meses seguidos. Guantánamo no es una prisión, es un campo de torturas.

En teoría, es una prisión de alta seguridad para terrorista, ¿qué gente hay ahí?

Políticos, médicos, deportistas y, sorprendentemente, muchos adolescentes, niños de 14 años. El 95% de los presos han sido comprados por los americanos y el otro 5% son ladronzuelos que pertenecen a bandas. ¿Quién vende a esa gente? El hambre. Durante mi estancia, el preso más joven tenía 9 años y el más anciano 105.

¡Qué hace un niño de 9 años en ese lugar!

Él no lo sabía, y yo creo que era inocente, pero, en todo caso, un niño con quien tiene que estar es con su madre y no en una jaula. Soy testigo de cómo obligaban a los padres a ver la tortura de sus hijos y viceversa. Mi vecino de jaula, un hombre de unos 85 años, estaba paralítico desde hacía 27 años. «¡¿Pero qué he hecho yo?!», preguntaba a los americanos. Como a todos los demás, a él también lo torturaban. Trajeron a un chico de 19 años, no tenía piernas, eran dos muñones ensangrentados y purulentos. Venía de la prisión de Bagram, donde hacía tanto frío que se le helaron los pies y en el hospital militar le amputaron las piernas. No era el único al que le habían cortado un miembro del cuerpo, lo he visto en Guantánamo varias veces. Muchos tenían las piernas, los brazos o los pies rotos a causa de los golpes, pero allí no trataban las fracturas. «Se cura solo», decían los centinelas.

2 comentarios:

Xavier dijo...

Impresionante. No sólo les torturan, sino que son vendidos...
No sé cómo exigimos tantos derechos humanos a China, a África... y a Estados Unidos no se lo pedimos del mismo modo.
Qué barbaridad

Raúl G. Sirvent dijo...

Cuando ves estas cosas (que como comentas pueden ser más o menos ciertas), es cuando te preguntas si tus disgustos y contratiempos del día a día, si tus pequeños mosqueos, llegan a ser un problema.